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“Eres un desastre” es una de las expresiones desafortunadas que más escuché de pequeña. Se decía casi a la ligera, sin pensar en el peso que trae consigo. ¿Era yo un desastre? No, por supuesto, la expresión es una exageración usada para constatar con desagrado que no era muy ducha en áreas que para mi familia eran importantes o en las que no cumplía las expectativas sociales.

 Expresiones como ésta pueden incluso pasar desapercibidas. Los hijos, dependiendo de su edad y temperamento, reaccionarán de diferente manera, ya sea esforzándose más por cumplir con lo que se espera de ellos o rebelándose… pero en todos los casos, en la base, está el deseo (no alcanzado) de ser aceptado y validado. Un anhelo propio del ser humano.

 

Cuando el cerebro de un niño recibe un mensaje como éste, algo en su subconsciente lo acoge y lo integra, pese a no estar de acuerdo con él o sentirse herido. Si la situación se repite, esta información encuentra en la plasticidad de nuestro cerebro el caldo de cultivo perfecto para establecerse como una más de nuestras creencias. Y ya sabemos que algunas creencias sobre el propio ser pueden llegar a ser muy limitantes.

 Seguramente podéis imaginar la de veces que, ante errores, intentos fallidos o situaciones adversas, me he dicho a mí misma “es que soy un desastre”. No es un legado hermoso, ¿verdad? Mis padres no eran conscientes de ello, pero ahora que son abuelos les pido que no digan a mi hijo según qué cosas. A veces les molesta, claro, porque es una petición que los cuestiona. Y no siempre lo consiguen, pero veo que lo intentan y eso es ya todo un avance.

LA CRIANZA COMO TRANSFORMACIÓN

Cuando iniciamos el camino de la maternidad hay muchas probabilidades de que afloren a nuestra parte consciente del cerebro los mensajes que recibimos de niños. Conozco muchos casos en los que esto ha sucedido de manera natural. En otros, se ha dado porque la madre o padre buscan una manera más respetuosa de acompañar a sus hijos en su crecimiento, y analizan qué se transmite a los niños (y de qué manera se hace) desde la sociedad en general y desde su familia de origen en particular.

 Para mí esto es algo muy importante, porque creo firmemente en la crianza como base de transformación, tanto personal como social y comunitaria. Siempre tuve claro que la educación de las siguientes generaciones era fundamental si buscábamos el cambio social, pero ahora me doy cuenta de que este trabajo empieza antes incluso: en el vientre materno y en los primeros años de vida en el núcleo familiar.

Si logramos criar niños más respetados, amados tal y como son, que sepan ponerse en el lugar del otro y usar las palabras para construir y dialogar, la mejora será innegable. ¡Y a este mundo nuestro le hace mucha falta! Quizá suena utópico, pero es mi compromiso real con mi entorno más cercano, de dentro hacia fuera. Un compromiso que está al alcance de todos y que no deja de ser la adaptación del “piensa global, actúa local” a la crianza y la educación.

LA MIRADA MATERNA EN PALABRAS

Para ayudar a nuestros hijos en su posterior autonomía y a tener una saludable autoestima, necesitamos ofrecerles toda la aceptación, amor incondicional y mirada de la que seamos capaces.

¿A qué me refiero con mirada materna o paterna? A la seguridad de que mamá y/o papá están del todo presentes cuando están conmigo, me ven de verdad, acompañan mis logros y mis dificultades sin juzgarlas, me dan espacio para ser el niño que soy.

 La mirada materna se manifiesta de diversas formas y la palabra es una de ellas. Porque el lenguaje nos construye, da entidad a nuestra historia, y al mismo tiempo la condiciona, tal como demuestra la neurolingüística. Por eso, debemos prestar atención a lo que decimos y al tono en que nos expresamos e ir desterrando de nuestra expresión oral las comparaciones, el minimizar los sentimientos u opiniones de los hijos y las respuestas teñidas de indiferencia.

 

Vale la pena pensar qué huella queremos dejar en sus cerebros de cara al futuro y observarnos de manera consciente, sin culpa, sin presión, con el puro deseo de hablar a nuestros hijos de una manera más sana y liberadora. En ese sentido, hay propuestas interesantes como el PNL o la Comunicación No Violenta de Marshall Rosenberg. Pero no necesitas nada de eso para empezar, tan sólo tu sentido común y tu corazón lleno de empatía.

 

Cristina Oliva Diaz. Periodista, madre consciente y presente y constructora de cambio social. Bloguera y podcaster en www.eltiempodelosintentos.com

 

 

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